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Historia de las cooperativas de consumo vascas

1.- Los antecedentes

1.1.- Las primeras cooperativas de consumo

El origen y desarrollo histórico de las cooperativas de consumo en el País Vasco es consecuencia de los logros alcanzados por el incipiente movimiento cooperativo que había comenzado a surgir en Europa a mediados del siglo XIX. Los fundamentos que propiciaron el nacimiento de este nuevo fenómeno económico se han remontado a los modelos de economía colectiva que proporciona la historia de la humanidad desde sus orígenes. Sin embargo,no debe confundirse cooperación con cooperativismo, ya que éste va mucho más allá de la simple prolongación de las formas de ayuda mutua.

Fue durante la primera mitad del siglo XIX, en el marco de la Revolución Industrial, cuando el cooperativismo hizo su aparición como un fenómeno socio-económico que determinó un nuevo modelo empresarial. En ese momento, el naciente sector industrial comenzaba a desarrollarse rápidamente al aplicar sin demora los continuos progresos científicos y técnicos que caracterizaron a este período, entre los que destacaba la máquina de vapor.

La transformación que se produjo en los sistemas de producción de las industrias que tenían como base el carbón o en las pertenecientes al sector metalúrgico y textil, provocó que resultase innecesaria gran parte de la mano de obra utilizada hasta entonces a causa de la implantación de la nueva maquinaria. Como consecuencia, la cifra de desempleados se incrementó desmesuradamente y los trabajadores, entre los que figuraban mujeres y niños de corta edad, soportaban condiciones laborales con jornadas en las que se superaban las doce horas de trabajo diario, salarios miserables y unas deplorables medidas de seguridad e higiene, que se extendían a sus propias viviendas.

Estas circunstancias favorecieron la aparición de grandes núcleos industriales en los que se originó una profunda reforma social. Por un lado, emergió una nueva y fortalecida burguesía que vivía en unas condiciones de progresivo bienestar; y por otro, los obreros padecían las dramáticas consecuencias proporcionando las primeras víctimas del nuevo sistema establecido, base del incipiente modelo capitalista.

En ese contexto comenzó a brotar una conciencia de clase que, ante la necesidad de movilizarse contra el sistema, encontró en el asociacionismo su principal arma defensiva. Las formas asociativas que prevalecieron fueron fundamentalmente de tres tipos. En el seno del mundo laboral apareció el sindicalismo, en el de la política, el socialismo y, en el socio-económico, el cooperativismo.

Si el sindicalismo centró su lucha en la prosperidad de las condiciones laborales de los obreros, consiguiendo mediante acciones reivindicativas eliminar determinadas situaciones injustas; el socialismo ejerció actuaciones políticas y consiguió influir en la obtención de legislaciones en las que se defendían los derechos de los trabajadores.

Finalmente, el cooperativismo proporcionó a los obreros una manera de ser partícipes de algo tan fundamental, y que hasta ese momento les había sido vetado, como los medios de producción y el producto de su propio trabajo.

De esta manera, a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, comenzaron a constituirse en diferentes países europeos las primeras cooperativas de consumo y de producción, las cuales no dejaban de ser prototipos experimentales de empresas con principios democráticos, que fijarían las reglas de su pragmática filosofía bajo el auspicio de una serie de pensadores.

La fragilidad y poca consistencia de los primeros balbuceos cooperativistas condujeron al fracaso a multitud de esas nuevas iniciativas empresariales. En la mayor parte de los casos, cuando la cooperativa lograba salvar los primeros escollos y conseguía acumular un capital considerable, llegado el momento de determinar el destino de los beneficios, se producían enfrentamientos entre los socios y acto seguido, la sociedad optaba por adoptar posicionamientos capitalistas que relegaban al olvido los principios cooperativos que les habían inspirado.

Frente a situaciones de este tipo, resultaba menos problemático y arriesgado la constitución de cooperativas de consumo que la implantación de cooperativas de producción. Además, las primeras podían llegar a conseguir aunar, en función de su grado de desarrollo, una combinación de cooperativa de consumo y de producción, elaborando determinados artículos alimenticios de primera necesidad y poniéndolos a la venta posteriormente. De esta manera, no sólo se conseguía eliminar a los intermediarios, sino que se llegaba a prescindir por completo del propio productor.


1.1.1.- Rochdale

Los albores del cooperativismo culminaron en el año 1844, en Rochdale, ciudad inglesa del Condado de Lancaster próxima a Manchester, donde tuvo lugar una iniciativa que desarrolló con un éxito sin precedentes una cooperativa de consumo inspirada en las experiencias cooperativas existentes hasta ese momento.

Manchester, había sido uno de los núcleos industriales de Inglaterra que más se conmocionó con la llegada de la Revolución Industrial y Rochdale, con apenas 50.000 habitantes, fue una de las localidades cercanas que padeció sus inmediatas influencias.

Las posiciones respecto a las medidas a adoptar estaban vinculadas a los ideales sindicalistas o socialistas que comenzaban a gestarse. Ahora bien, una parte de los trabajadores se inclinó por la creación de una cooperativa inspirados por las ideas de Robert Owen, precursor cooperativista que ya había promovido una experiencia similar pocos años antes.

Los planteamientos teóricos de Owen condenaban el uso que de la industria hacía el capitalismo. La doctrina que propugnaba se basaba en el precio justo de los productos, eliminando la ganancia inmerecida y suprimiendo intermediarios innecesarios entre productores y consumidores. Trabajó denodadamente por implantar una legislación laboral adecuada para el obrero y promovió la creación de empresas sin ánimo de lucro al servicio de sus asociados, siendo su ideal final conseguir una sociedad más humanizada a partir de la eliminación de la propiedad privada.

Sustentados por estos planteamientos y mientras a su alrededor continuaba empeorando la situación económica y aumentando el precio de los productos de primera necesidad, los trabajadores de Rochdale celebraron varias reuniones en las que se debatieron todas las posibilidades. Finalmente, un grupo de 28 trabajadores se decidió por la creación de una cooperativa de consumo. Todos ellos habían realizado su trabajo en la industria textil, uno de los sectores de actividad que con mayor intensidad había padecido los efectos de la Revolución Industrial, y en ese momento, la mayoría se encontraba en una situación desesperada.

El día 11 de agosto de 1844, celebraron la primera Asamblea General en la que se eligieron los cargos de la cooperativa. Dos meses después, el 28 de octubre de ese mismo año, la sociedad fue legalmente constituída y se inscribió con la denominación de "Rochdale Society of Equitable Pioneers".

Los tejedores consiguieron reunir veintiocho libras esterlinas, una por cada miembro, obtuvieron un local y en vísperas de Navidad, el 21 de diciembre de 1844, procedieron a su apertura al público haciendo frente al recelo y la suspicacia de sus vecinos. Ese primer día, los artículos disponibles fueron azúcar, manteca, harina de trigo, harina de avena y velas.

Las dificultades para competir con el resto de los establecimientos fomentó una política de adhesión de nuevos socios, ya que apenas llegaron a los cien durante los primeros años; pero no fue hasta 1847 cuando el número de asociados comenzó a aumentar a causa de la escasez de productos de primera necesidad que se padeció ese año.

Al principio, el almacén únicamente se abría dos tardes por semana, pero con el paso del tiempo lo hicieron todos los días, excepto los martes y festivos, y con un horario de apertura más amplio. Al cabo de dos años el desarrollo alcanzado les posibilitaba vender carne, tabaco, té y poco después tejidos.

Profundizando en las ideas inspiradas por Owen, el ambicioso objetivo que se comenzaron a plantear, una vez constituída y en funcionamiento la cooperativa de consumo, fue el de controlar todos los procesos productivos. De esta manera, transcurridos seis años, pusieron en marcha la fase correspondiente a la producción, con la creación de un molino propio que les permitiese autoabastecerse de harina.

Sin dejar de lado sus conquistas reales, conviene hacer hincapié en el hecho de que lo que nació en Rochdale como una solución al problema de los precios y el abastecimiento en la localidad, con el tiempo comenzó a vislumbrarse como una auténtica concepción global de las relaciones sociales y económicas, diferente de la concepción vigente en aquel momento. Los principios por los que se guiaron y que han sido la esencia del cooperativismo a partir de ese momento, quedaron reflejados en sus famosos Estatutos, que con posterioridad han sido recogidos por gran número de estudiosos del fenómeno cooperativo.

Destacó especialmente, por su claridad y carácter científico, la clasificación realizada de los mismos por la prestigiosa Escuela de Nimes:

1.- Sociedades abiertas a todos, sin exclusión por causas profesionales, políticas o religiosas (principio de neutralidad).

2.- Derecho de voto para todos los socios y un solo voto para cada miembro.

3.- Acciones de escasa cuantía y a satisfacer en pequeños plazos (al objeto de que sean accesibles a todos).

4.- Venta al precio corriente del comercio.

5.- Venta al contado.

6.- Venta al público (incluso a los no socios); principio facultativo y aconsejable.

7.- Reparto del excedente entre los socios a prorrata de sus compras.

8.- Importancia de la producción como fin último de la sociedad de consumo.

9.- Constitución de un fondo colectivo para propaganda y educación.

La Escuela de Nimes, fundada en Francia en 1895, tuvo en Charles Gide a su principal exponente como propugnador a ultranza de la soberanía del consumidor. Gide consideraba que el interés general coincide con el interés de los consumidores asociados, ya que todas las personas son consumidores y desean que los bienes y los servicios se proporcionen en óptimas condiciones de calidad y precio, juzgando suficiente la utilización inteligente del poder de compra del consumidor para someter al sistema capitalista.

En el Congreso Cooperativo celebrado en París en 1889, Gide afirmó que "el consumidor debería serlo todo. La sociedad ha sido hecha para él. Hemos sido creados para consumir y si producimos es para poder consumir. El consumo es el objetivo, el fin de todo mecanismo económico y la producción no es más que el medio. En una sociedad bien organizada, la producción debe estar al servicio del consumo".

La experiencia de Rochdale tuvo pronto imitadores que propiciaron el surgimiento de otras entidades similares, de tal manera que a la Conferencia de Cooperativas Inglesas, celebrada en 1851, asistieron un total de 44 sociedades. Algunos años después, en 1863, se fundó la Cooperativa Mayorista del Norte de Inglaterra, con 48 entidades asociadas y un capital de 2.000 libras.

La evolución de la Rochdale Society of Equitable Pioneers fue progresiva y de los 28 socios pioneros, se pasó a 12.500 socios en 1901, y a 27.000 en 1931. Treinta años después, en 1961, contaba con más de 41.000 socios cooperativistas y su capital social ascendía a medio millón de libras.


1.1.2.- La situación en España

Algunos años después de la conformación de la cooperativa de Rochdale, y teniendo como referencia las experiencias que se estaban desarrollando en Francia, aparecieron en España, concretamente en Cataluña, las primeras cooperativas de consumo existentes en el Estado. Todos los indicios apuntan a Fernándo Garrido, líder republicano exiliado y autor de los primeros textos que sobre cooperativismo se escribieron en España hacía 1863, como el inspirador de la creación de esas primeras cooperativas.

Garrido mantuvo durante su exilio en París estrechos contactos con discípulos de Charles Fourier, defensor acérrimo del cooperativismo de consumo en un país como Francia, que desde el principio se había decantado por el cooperativismo de producción, el cual atacaba duramente las imperfecciones del comercio y la explotación del consumidor. Una vez en España, Fernándo Garrido publicó varios libros que propagaron por todo el Estado los éxitos y virtudes de las cooperativas de consumo europeas.

Las primeras cooperativas de consumo españolas se crearon de forma casi clandestina en Cataluña y Valencia, siendo la más emblemática entre las pioneras la Económica Palafrugellense, fundada en Gerona en 1865, bajo la inspiración de los mencionados textos de Fernándo Garrido. Esta cooperativa abrió una tienda en un modesto local conocido como Fonda de la Pepa, en el que se suministraba una reducida variedad de artículos con la ayuda de los asociados, que hacían las veces de dependientes. La Económica Palafrugellense abría tres veces a la semana y sólo por las mañanas. Al finalizar su primer ejercicio económico tenía 78 socios, un capital de 2.021 pesetas y 482 pesetas de beneficios del capital y del consumo.

Durante esos primeros años, las cooperativas fueron casi exclusivamente intentos modestos, pero fervientes, de asociaciones de consumidores basándose en la fraternidad y la ayuda mutua. Eran una especie de mutualidades en las que los socios percibían ayudas económicas en caso de enfermedad o desgracia, incluso durante las huelgas.

A principios de siglo, la mayoría de las cooperativas de consumo catalanas eran socialistas y representaban una considerable fuerza para el movimiento cooperativo. Su significativa entidad quedó de manifiesto con la publicación de la Revista Cooperativa Catalana, con toda probabilidad el primer periódico dedicado a la cooperación en España.

Sin embargo, respecto de Europa, las estadísticas de la época muestran que el cooperativismo de consumo en España estaba mucho menos desarrollado, si se exceptúan Holanda y Portugal. Un análisis presentado en 1904 por Charles Gide indica que existe un abismo enorme entre el número de cooperativas existentes en países como Francia, Alemania o Gran Bretaña y las registradas en España, donde se señala que hay 239. Este fenómeno respondía a que las ideas cooperativistas se extendieron con mayor retraso y lentitud en el estado español.

En algunos casos las cooperativas consiguieron alcanzar grados superiores de organización y constituían almacenes mayoristas e incluso fábricas de chocolates, aceites o fideos. Pero en general, esos intentos que llegaron a buen término en otros países, en España fueron de corta duración al ser superados casi siempre por individualismos que impidieron cualquier proceso de integración.

 


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